La Leyenda de los Gigantes

Hace muchísimos años, cuando el mundo era joven y los humanos menos destructivos, rencorosos y codiciosos, vivían los Gigantes. Estos grandes seres no son como nos lo imaginamos, son mucho más grandes y fuertes. Más grandes que el más grande de los árboles. Los Gigantes vivían tranquilos en bosques y praderas, en ríos y montañas. No tenían ningún tipo de preocupación, ni siquiera los humanos tenían esa insana curiosidad de ir donde no deben. Es más, los humanos los dejaban tranquilos y se marchaban si era necesario.

En aquella época de paz y tranquilidad no había ningún tipo de civilización dominante, ni siquiera habían pueblos ni ciudades. Tanto Gigantes como humanos eran nómadas y nunca se quedaban en el mismo sitio. Rara vez se veían juntos, y si lo hacían era para hacer alguna celebración.

Entonces llegó un día, el Día en el que un Gigante decidió unir tanto a Gigantes como a humanos para siempre. Reunió a tantos como pudo y habló (todos sabían hablar en un idioma antiguo y olvidado). Les comentó todas las cosas buenas que podían hacer juntos y no mencionó ninguna mala. A este Gigante lo llamarón El Príncipe de las Palabras, porque consiguió convencerlos a todos y a partir de ese mismo día se expandió la noticia a todas las partes del mundo consiguiendo que todos viajasen allí para quedarse.

Los Gigantes eran excelentes con la cerveza, entre otras muchas cosas. A ellos mismos no les afectaba el alcohol e ignoraban que efectos tenían sobre los humanos. También tenían mucha habilidad con los minerales y tenían mucho oro y plata. Y contaban historias inventadas sobre ellos mismos somo para contarlas y no para presumir de ellas. Y muchas cosas más, pero todo esto no fue contado a los humanos.

Pasaron los años y no ocurrió nada inesperado ni peligroso, y los humanos no tenían aún mucha confianza como para participar abiertamente con los Gigantes. Pero tenían que dar el paso, tenían que intentalo. Muchos años después del Día de la Unión entre los Gigantes y los Humanos estas dos razas empezaron a intercambiar muchas cosas.

Lo que tenían los humanos era insignificante comparado con los Gigantes. El Pueblo Pequeño vió las historias que contaba el Pueblo Grande y no comprendió porque contaban historias que no eran reales y no preguntaron la razón. Los humanos más astutos comprendieron que solo eran historias, pero muchos otros creieron que el Pueblo Grande eran mentirosos y así empecó el rencor.

Después vieron todos los minerales que tenían y se sorprendieron. Y otra vez, los menos astutos querían aquellos minerales que brillaban como el sol. Creían que les correspondía por derecho. Habían olvidado que había una norma: todo lo de los Gigantes son de los Gigantes. Y solo éstos tenían el derecho de compartirlo con quien desearan.

Y por último probaron la cerveza. Aquí cayeron muchos ante esta bebida. Solo pocos humanos podían resistirlo. El resto se emborrachaban. Y entonces empezó la desgracia, todos los humanos empezarón a amenazar y a atacar a los Gigantes por falsas creencias.

Los Gigantes se sintieron ofendidos y expulsaron a los humanos. Ese día se llamó El Día de la Ruptura. A partir de ese día empezaron a luchar entre ellos. Los pocos humanos que no habían caído en ninguna tentación se refugiaron muy lejos y nadie los volvió a ver. Pero esa batalla entre las dos razas duró años y nadie sabe ni cómo ni porqué, pero ganaron el Pueblo Pequeño. Sobrevieron pocos, poco más de mil humanos.

No sintieron pena, ni siquiera tristeza. Decidieron resurgir como única civilización. Milenios después de aquello, los humanos no recordaron nada de los viejos días y contaron mentiras sobre aquellos días cambiando exageradamente todo. Tal vez algún Gigante sobreviviera, o tal vez no. Incluso tal vez, y solo tal vez, esté vigilandonos para poder darnos el golpe de Venganza. O puede que el Gigante tenga esperanza y pueda volver a unir a los dos pueblos por última vez.

¿El Príncipe de las Palabras murió o será él el Gigante que nos observa? Si es él, no estará nada orgulloso de nosotros.

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