La Ilusión Solitaria - Capítulo 3 - El Dios del Castillo de Plata

Seguramente no sabréis el final pero ya habéis respondido. Solo tengo que deciros que este final no corresponde elegirlo vosotros porque ya está escrito. Lo que pasó después de encontrar la maldición era crucial. Ya lo teníamos todo reunido. Con tal solo tres personas en el grupo (Javier, Veitutxi y yo, David) ya nos creíamos que podíamos vencer al país de Psicología y muchas cosas más de proporciones épicas. Pero lo que no sabíamos es que no mucho tiempo después todo empezaría a ir de mal en peor.

Planeamos en hacer el peregrinaje al Castillo de Plata, habíamos preparado todo, incluso ya habíamos decidido la ruta a seguir. Pero la reina Chicharrita nos había convocado a los tres bajo amenaza de muerte si nos negábamos a ir. Todo aquello me daba muy mala espina y tenía miedo por lo que podía pasar. Y mis peores temores se cumplieron.

Lo que no quería que se supiese ella lo sabía. Sabía que había ido a Fresquito, había recopilado información de las dos ciudades, había confraternizado con Javier y, para colmo, también sabía todos mis planes. Incluso creía que estaba confabulado con el enemigo.

"Por el poder que se me otorga" decía la reina Chicharrita, "quedáis los tres expulsados de mi ciudad y terrenos. Y Veitutxi y David, por poner en duda mi reinado, traer enemigos a mi ciudad y decidir quitarme el trono quedáis, por el presente, exiliados bajo pena de muerte si se os ve deambulando cerca de los terrenos de la ciudad. Tenéis tres horas para abandonar mi ciudad".

Con aquella sentencia consiguió que sintiese como se me cayese el alma a los pies. No perdimos el tiempo, recogimos todo lo que pudimos de mi casa y nos marchamos en cuanto pudimos. Marchamos hacia el sur sin detenernos, hasta que no pudimos ver la ciudad. Tenía tantas ganas de marcharme, de no saber nada de aquella tiranía, que no hablé durante aquel día. Y tampoco hablaron mis dos compañeros. Aquella noche acampamos cerca de los límites de un bosque, en una zona resguardada del frío y las bestias salvajes.

"¿Cómo pudo saber la reina todo eso e inventarse el resto?" preguntó Veitutxi preocupada. "Salías de la ciudad con mucha regularidad y te pasabas semanas, e incluso meses, sin volver. ¿Qué cambió para que te espiase?"

"Tal vez se enterase de la leyenda y la maldición" puntualizó Javier. "Te enteras de que la leyenda habla de un vikingo y un elfo, y casualmente ves que entran en tu ciudad dos personas así. Eso le haría pensar. Tal vez no quiere que cumplamos nuestra misión".

"Pero si no quería que lo cumpliésemos podría habernos matado" respondió Veitutxi mientras miraba la hoguera. "Puede que quería que se empezase la misión cuanto antes".

"Podríamos estar días especulando de por qué lo hizo y cómo lo hizo" dije sin ningún ánimo. "Lo importante es el ahora, y el ahora estoy preocupado por José. Él me ayudó a interpretar la leyenda y la maldición, entre otras cosas".

A la mañana siguiente seguimos nuestro camino, como si nada hubiese ocurrido. Todo volvía a marchar como planeábamos. Cruzamos el bosque y un río que había después. Casi ni nos acordábamos de lo que había ocurrido el día anterior. Ignorábamos que es lo que íbamos a encontrar en el Castillo de Plata, pero eso no nos iba a detener.

"Según las leyendas que hay en mi ciudad" comentaba Javier, "en el Castillo de Plata vive un Dios transformado en un hombre mortal. Hace que su cuerpo muera y renace como bebé gracias a sus muchas esposas".

"Y según en Calorcito viven dos hermanos dragones, Pancho y Federico, que guían a los peregrinos hacia su futuro" dije yo. "Solo una persona afirma haber estado allí, y yo le creo".

"Bueno, podremos verlo nosotros mismos" zanjó Veitutxi. "Al fin y al cabo no tenemos otra cosa mejor que hacer".

Tenía razón. Habíamos dejado nuestra casa y nuestro pasado, y solo quedaba nuestro futuro incierto. Añoraba mi hogar, pero pensar que podía hacer algo por el bien de todos era mejor. Nos faltaban cuatro miembros y no sabíamos por donde empezar. Tal vez en el Castillo de Plata se nos aclarase las dudas. No lo sabíamos y nos daba igual no saberlo. Sentíamos que íbamos a hacer grandes cosas.

"¡Castillo de Plata! ¡Allá vamos!" grité mientras caminábamos.

Los demás se rieron, pero a mi me dio igual. Íbamos a ser muy buenos amigos.

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