La Ilusión Solitaria - Capítulo 4 - Aprendiz, Dragón y Semilla

Habíamos llegado al bosque, lo habíamos cruzado y después fuimos hacia el este. Lo que me extrañó de todo esto es que nuestro querido amigo, Javier, aún seguía con nosotros. Él no había perdido su casa, no había sido expulsado y exiliado. No me atreví a preguntarle el porqué, solo di por echo que quería seguir con nosotros.

De querer encontrar la paz en tan solo unos días a estar en mi propia aventura era algo que jamás habría imaginado. De pequeño soñé con ser un héroe de leyenda, uno de esos héroes que cuentan en las historias. Hasta creí que lo sería, pero ahora dudo de ese sueño. Tal vez todo acabe bien, o tal vez todo acabe mal.

Yo iba en cabeza y Veitutxi y Javier me seguían. Los dos estaban alegres aquel día y hablaban de lo que podrían hacer cuando llegásemos al Castillo de Plata.

"Cuando llegue voy a pegarme un buen baño" hablaba Veitutxi. "Estaré metida durante horas".

"Mientras tu te bañas yo miraré a fondo todo el castillo" respondió rotundamente Javier. "Lo primero es encontrar el baño, eso es lo importante por si ocurren urgencias".

"Pues podrías buscar la tienda de souvenir, tal vez tengan figuritas de ese dios de la que habla tu gente o de los dragones Pancho y Federico".

"El baño, Veitutxi, el baño es lo primero. Después ya se verá todo. Mira que no disfrutas de nada".

Siguieron hablando durante unas horas y su conversación pasó de ser de baños y tiendas de souvenir a como de grande sería el Castillo, si como de varios campos de golf o como de un estadio de fútbol. Apenas aporté algo de conversación. Estaba mas prestando atención al camino que a la conversación porque, según me dijo mi gran amigo José, si no prestaba atención al camino podría acabar realmente perdido si se va al Castillo de Plata.

"Siete señores deben recoger las Siete Piedras" pensaba, "que en siete lugares se encuentran. Pero, éstas piedras, ¿que harán cuando se junten? ¿Tal vez algo peor que la maldición? ¿Y si la maldición es, en realidad, una bendición para que no se junten?"

Tenía mis dudas, apenas podía descansar por ello. Todas aquellas noches miraba como dormían mis compañeros, les tenía envidia. ¿Cómo podían dormir después de ser expulsados de una ciudad en busca de algo que tal vez ni siquiera sea bueno? Tal vez hicieron bien en dormir, en quitarse todo pensamiento negativo. Jamás les pregunté, ni siquiera si creían que hacían lo correcto. No les pregunté su opinión. Al menos no por aquellos días.

El camino hacia el Castillo de Plata fue largo y algo peligroso por los caminos que cogíamos. Javier tuvo la idea de ir atajando por caminos que otros tacharían de inaccesibles, y todo por que ninguno quería toparse con otros peregrinos. Nuestra explicación ante tal cosa era por evitar que preguntasen y que alguno supiese nuestra desgracia. No queríamos que ninguno se sintiese ofendido o se le pasase por la cabeza atacarnos. Pero al final llegamos. Pasó casi dos semanas desde que salimos de Calorcito. Nos habíamos imaginado estuviese hecho de plata, y no fue así. Hubo gran decepción ante aquello.

"Tal vez deberíamos volver y pedir disculpas a vuestra reina" bromeó Javier, "yo venía a llevarme una piedra de plata como recuerdo, ahora tendré que llevarme una piedra normal y corriente".

El castillo era muy grande, podría albergar a las ciudades de Calorcito y Fresquito en sus muros. Entramos y buscamos una taberna o algún albergue para poder quitarnos el polvo del camino y echar un vistazo todo aquello antes de hacer nada. Y vaya si encontramos tabernas y albergues. Muchos, y de todo tipo. Desde élficos hasta enanos, incluso de medianos. Pero fuimos a un albergue que nos había llamado la atención y era para peregrinos. Nos alegró saber que era totalmente gratuito para nosotros y aquel día comimos, merendamos y cenamos como reyes. Y dormir... dormí como un elfo pequeño aquel día.

Al día siguiente desayunamos, paseamos por la zona baja de la ciudad y volvimos a la hora del almuerzo. Y ese día volvimos a la rutina del día anterior: a comer, cenar y a visitar el castillo todo lo que pudimos. Estuvimos así durante una semana. Me extrañó que no engordásemos con aquello, pero empezamos a conocer bastante bien el propio castillo.

Al séptimo día fuimos al lugar que llamaban "Reunión de Peregrinos". Estaba en lo más alto del castillo, una torre gigantesca que se veía en kilómetros. Allí habían dos dragones cuando llegamos. Pancho y Federico. Teníamos ganas de llegar a dicha reunión, de ver todo aquello y, además, de conversar con aquellos majestuosos dragones.

Pero algo salió mal. Aquellos dos dragones estaban encadenados y con bozales. Parecían dormidos. No había nadie allí. No teníamos armas y eso nos preocupaba, ya que si alguien a podido hacer eso a dos dragones no queríamos pensar que nos haría a nosotros.

"Debemos irnos" dije con preocupación, "no creo que debamos estar aquí ahora".

Tanto Veitutxi como Javier estuvieron a favor de eso y nos marchamos. Volvimos al albergue de Peregrinos y hablamos sobre aquello durante horas. Nos pareció extraño todo aquello, incluso que fuésemos los únicos que llegaron allí. El tabernero nos escuchó y, cuando estábamos a punto de irnos a dormir nos llamó. Cerró aquella noche el albergue.

"Os he escuchado y hay algo que se lo de los dragones" comenzó a decir con voz de confidente. "Todo tiene que ver con el aprendiz de Demencia y...".

"¡¿Demencia?!" interrumpió Javier, "¿La reina de Psicología?"

"La misma, y está desesperada" prosiguió el tabernero, "y está ampliando su semilla con su aprendiz a todos los lugares que podrían pasar los Siete Señores de la leyenda".

"Y aquí es cuando empieza la maldición" comentó Veitutxi, "apuesto a que a sido Chicharrita quien le ha avisado".

"Podría ser, pero ya son muchas cosas ilógicas que pasan" dije sin mirar mi jarra.

"Os recomiendo que mañana vayáis a conseguir armas" habló el tabernero. "Por si ocurren desgracias".

***

A la mañana siguiente hicimos caso del tabernero y fuimos a por las armas. Javier cogió dos hachas de una mano de un filo. Veitutxi cogió una espada corta y un escudo. Y yo cogí un arco, flechas y un mazo.

Con armas y sin saber luchar fuimos a hacer intentos de liberarlos, a pesar de que dudábamos de tal hazaña. Cuando llegamos había allí un enano que había liberado de las cadenas y los bozales a los dragones. El enano era del clan Malas Pulgas.

Él nos vio allí plantados y sacó su hacha. Vino hacia nosotros preparado para luchar.

"¡Vosotros le habéis hecho ésto a Pancho y Federico!" gritó el enano.

"¡No!" me defendí. "Nosotros no hemos hecho nada, veníamos a liberarlos".

"¡Me estáis mintiendo!" siguió hablando. "Os vi ayer que veníais y después os vi salir de aquí un minuto después.

"Pero en un minuto es imposible hacer eso a dos dragones como esos" dijo Javier.

"Así que lo habéis hecho más veces para saber eso" incriminó.

"No hace falta haberlo hecho mas veces para saberlo" comentó Veitutxi.

Al final convencimos al enano y se nos unió, algo que nos sorprendió. Se llamaba Jose Manuel. Nos explicó que tenía curiosidad de la leyenda y que venía a ver a los dragones para saber mas. Al final decidimos que cuidasen de los dragones para que, cuando se recuperasen hablar con ellos.

Pasó varias semanas mas, y fueron muy tranquilas. Pero siendo cuatro de siete de la leyenda nos llamó mucho la atención. Así que esa semana lo aprovechamos bien para conocernos mejor y practicar con nuestras nuevas armas.

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