El Cazador y la Oscuridad - Capítulo 4: Venganza Plateada

Ellos seguían pensando en la profecía de la Reina. ¿Pero quién era esa reina? ¿Acaso esa reina estuvo en los Límites? Arana y Gleomyr lo ignoraban, e incluso sabían que no podían preguntarle ya que lo más seguro es que estaría muerta. La profecía se había pronunciado miles de años atrás.

Se encontraban en el linde de un bosque. Se notaba con solo mirarlo que era un bosque milenario. Incluso se podía respirar la antigüedad. Se preguntaban dónde estaría su querida amiga y cómo podría haber pensado en llegar hasta aquí.

Tiempo. No había llovido en todo el tiempo que allí estaban. Todos los días se repetían con el viento, el sol, la luna y la propia temperatura. Todos los días eran idénticos a diferencia del paisaje. Algo que a Gleomyr le extrañaba. ¿Por qué no llovía por ejemplo? Le inquietaba. Le torturaba no saberlo. Había estado en muchos lugares distintos, en situaciones distintas. Podría hasta decirse que se había encontrado en situaciones desesperadas. Se había salvado de todas ellas. Pero esta le superaba. No había magia que pudiese hacer esto a menos que fuese magia muy antigua. ¿Acaso los Límites es tan antiguo como la magia? ¿Acaso allí aún existe aquel tipo de magia? Era algo que no sabía, pero lo que en realidad le torturaba era que tal vez alguien les estuviese esperando.

Alzaron la vista. Ocaso. El sol se ponía. Ya era inútil decir que tiempo haría al día siguiente. Arana estaba sumido en sus pensamientos. Ambos sentados alrededor de una fogata improvisada. ¿Sería mejor seguir hacia el este? ¿O el norte era la mejor opción? Los dos coincidían que el sur no era la mejor opción. El sur llevaba al mar y lo sabían. No podrían explicarlo. Tal vez el viento. O el olor. Puede que incluso todo eso no tuviese nada que ver. Pero lo sabían.

No pudieron evitar mirar hacia el interior del bosque. Oscuro. No les alentaban entrar en el bosque. No habían encontrado ningún animal ni bestia aún. Todo estaba tranquilo. Era como si aún nadie hubiese pisado aquellas tierras. Como si los Límites hubiese sido abierto hace muy poco tiempo. Incluso llegaron a pensar que alguien los estuviese esperando. Cómo si una sola persona hubiese utilizado todo su poder en dejar solo a los dos héroes. En tal caso, ¿Cómo sabría esa persona que irían ellos dos? ¿Sabría quiénes son y qué hacen ahí?

Miraron hacia el este. Más praderas verdes y montañas a la lejanía. El este parecía una mejor opción teniendo en cuenta de que no tendrían donde esconderse. Pero a su vez no podrían tenderles una emboscada. Tenían que decidir pronto. Querían partir al amanecer. El este, por razones obvias, parecía una mejor opción. Incluso se podría pensar que por ese camino no llegarían a ninguna parte. Si los Límites era distinta al Otro Mundo tal vez esa perspectiva también puede ser distinta. Gleomyr y Arana no querían dejar ningún cabo suelto. Necesitaban saber qué camino coger.

Utilizaron unos palos para avivar el fuego. Estaba oscureciendo. Eso se le parecía mucho al Otro Mundo. El sol salía y se ponía. Lo mismo con la luna. Los dos mundos eran demasiado similares. Si en el Otro Mundo había alguien capaz de controlar el tiempo no daba ningún tipo de señal. O tal vez el tiempo del Otro Mundo, incluyendo sus estaciones, fuesen realmente una calamidad y el tiempo que en los Límites se mostraba fuese realmente lo correcto. ¿Podría ser así? ¿Los Límites era un lugar puro donde nadie del Otro Mundo no se atrevía a ir? Si así era, si resultaba que la respuesta correcta fuese que los Límites es un lugar puro… Eso se les antojaba lejano.

Entretuvieron sus pensamientos con las primeras estrellas de la noche. Si era un lugar puro, ¿por qué Gleomyr se sentía nervioso allí? ¿Tanta pureza y tranquilidad le era inquietante? No. No era la pureza. Y mucho menos la tranquilidad. Ignoraba que naturaleza era todo aquello. Era aquel bosque. Ese gran bosque tenía algo tenebroso en su interior, lo notaba. Si no decía nada a Arana era por no inquietarlo a él también. Tal vez también estuviese nervioso. Eran muchas preguntas en aquel momento.

Retorció una rama Gleomyr. Arana miraba el sur con una mirada que recordaba a la añoranza. ¿Qué añoraba? Ni siquiera Gleomyr conocía su pasado. No era de extrañar. Nadie conocía su pasado tampoco. Sentía pena con Arana. Temía por su seguridad. Los dos eran unos grandes guerreros que el mundo pudo haber conocido. Y no tenía que haberlo arrastrado hasta allí. Hasta una muerte segura.

Tiró una piedra hacia el interior del bosque. Esta noche le tocaba a Arana la guardia. Ahora se preguntaban si realmente fuese necesario. Querían estar seguros de que nadie les atacara por la noche. A su vez tampoco creían que alguien o algo les atacasen. Un gran dilema para dos grandes guerreros. Irónico. Tal vez lo hacían por no perder la rutina, por estar seguros de que no eran sorprendidos. E incluso Gleomyr pensó que la guardia era para que el paisaje no cambiase. ¿Y si ese era su peor temor? ¿El cambio inexplicable del paisaje?

Ordenaron todas sus pertenencias. Se acercaba la hora de dormir. La hora que menos les gustaban cuando salían de aventura. Pasaban los días y cada vez les costaban más dormir. A Gleomyr por la impaciencia y la inquietud. A Arana… A él no se sabía por qué le costaba dormir. No hablaban de eso, al menos no de momento. Querían aguardar un poco, querían ver si sus temores eran ciertos antes de exponer sus inquietudes.


Suspiró Arana mirando hacia el oeste, el camino que habían seguido todo ese día. Gleomyr vio algo en el cielo. No eran las estrellas. No era un cometa. No era nada físico. Era algo mucho peor. Recordó algo. Vio ese algo en el cielo. Una venganza, la venganza plateada. La propia luna. No estaba. Ya no estaba. Eso era lo que vio. No había visto la luna desde que entraron en los Límites. Era el peor presagio que jamás podía haber sido. Cuando entraron en los Límites se condenaron. Y ahora la venganza era que tenían que vagar sin luna. La luna era parte de los Límites, todas las leyendas que se cuentan tienen que ver con la luna. Y sin luna solo puede significar una sola cosa: jamás saldrán de allí nunca. Entraron sin luna y no saldrán. Su inquietud se hizo realidad. Ahora, por su mente pasó una idea: salvar a Mei. Salvarla a ella. Nada más que a ella.

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