La Ilusión Solitaria - Capítulo 16 - Profecía Cristalina

Por fin llegamos hasta un pequeño puerto que no salía en los mapas y si se seguía hacia el noroeste se podía llegar hasta Calorcito. En aquel puerto había mucha gente, desde mercaderes hasta aprendices, desde albañiles hasta marineros. Era extraño que siendo un puerto concurrido no saliese en ningún mapa ni como pueblo, pero allí estábamos, en la entrada sur mirando perplejos que un puerto desconocido prosperase en aquella época. Los soldados no estaban bajo ninguna bandera conocida, cabría esperar que fuesen de Fresquito, Calorcito o incluso soldados de Demencia.

No ocurrió nada inesperado ni creíamos que ocurriese nada allí, fuimos al propio puerto en busca de un capitán de barco que aceptase llevarnos hasta Maléficus. Y así fue, encontramos  a alguien que aceptó a pesar de ponernos pegas de si teníamos que dormir entre comida y que sería caro el viaje por si perdía comida por nuestra culpa.

El viaje fue como cualquier otro viaje en barco. Era un viaje movido, húmedo, tronado y con mucho olor a mar. Nada que nos preocupase aún. Y así que llegamos después de casi un mes de viaje llegamos a Maléficus. No nos habíamos alegrado tanto de llegar a tierra como aquel día. Si tuviese nietos les diría que no hay nada como tener los pies en la tierra, literalmente.

Allí nos esperaba un anciano con túnicas poco lujosas pero preciosas, ya que nos dijo que era uno de los Sabios. Le seguimos hasta una alquería y por el camino nos contó que el batallón Huevis construyó aquel puerto en secreto de todo el mundo y que allí viven muchos refugiados, no todos los que les habría interesado. Veitutxi dijo una verdad, no tardarían en darse cuenta de aquel puerto e intentar convertirlo bajo el reinado de alguien, y todos sabíamos que se refería a Demencia.

“¿Por qué la General de Huevis se arriesga con el puerto y ayudándonos?”, preguntó Veitutxi. “Si Demencia se entera podría borrar del mapa a todo el batallón, al puerto y a saber que más podría hacer”.

“Ella sabe lo que debe hacer”, respondió el Sabio con tranquilidad. “Ya vino a nosotros una vez y encontró sus respuestas”.

“¿Y cuáles eran?”, volvió a preguntar. “¿Podemos fiarnos de ella?”.

“¿Podéis fiaros de vosotros mismos?”, preguntó ignorando la primera pregunta.

“¡Claro!”, replicó Javier. “¿Por qué no fiarnos de nosotros? Somos los de la leyenda”.

“¿Y por ser los de la leyenda es motivo de confianza?”, replicó con un tono de sarcasmo. “¿Os fiaríais de quien os matarían?”

“No, pero…”, intentó hablar Javier.

“Existe una profecía”, cortó el Sabio, “que tiene que ver con la Leyenda Inmortal y con vuestra Leyenda y Maldición. Es la que llamamos Profecía Cristalina”.

“¿Profecía Cristalina?”, preguntó Veitutxi.

“Ésta Profecía dice que el hombre de la Leyenda Inmortal será aquel que pertenezca a la Leyenda y Maldición. Será el único que no le afectará ni la vida ni la muerte, esto quiere decir que en vuestro grupo tres vivirán y tres morirán pero que el séptimo creará su propia leyenda más allá de la que ya tiene. Será el único capaz de vencer a Demencia a costa de un poco de su alma, y tendrá un papel importante con otra persona del grupo. Uno de vosotros hará un diario de ésta historia pero morirá protegiendo a sus compañeros, y aquel de la Leyenda Inmortal acabará su historia y pondrá fin a un capítulo oscuro de la historia".


Aquello nos dejó sin habla, ¿acaso yo moriré antes de acabar el diario? No lo sé, incluso ahora temo ese destino. A partir de éste momento ya entonces es como si no nos conociésemos. Ya no sabíamos que hacer.

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